"No tengo ganas de trabajar, mi mundo se derrumbó, estoy vacío; salí a trabajar un rato para sacar un poco y darle algo a la gente que va a llegar al rezo, por el novenario de mi esposita, se me fue", dice el hombre que se esfuerza por contener las lágrimas que amenazan con asomar. Acompañado de uno de sus dos hijos, ha ido por un poco de fierro viejo que luego irá a vender a la recicladora más cercana. Desde hace varios años se dedica a reciclar metales, cartón y PET. Este 17 de mayo fue el Día Mundial del Reciclaje, pero este hombre y su familia ni se enteraron.
Vive en la Colonia Arroyo Grande, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Ya rebasa los 60 años de edad. Se lo ve recorriendo las calles de Tuxtla Gutiérrez acompañado de su inseparable triciclo y sus dos hijos varones.
Normalmente visitan las colonias del lado Sur Oriente, donde viven, pero también se los ha visto ir más lejos, hasta el lado Norte poniente de la capital chiapaneca. Esto ocurre cuando en las colonias cercanas no hay nada que recoger.
"Hay días buenos, regulares, también días malos y otros pésimos", dice el hombre que normalmente se le ha visto sonriente a pesar del calor o de la lluvia, de que camina en calles escarpadas empujando su triciclo, con la ayuda de sus hijos.
Pero esta vez luce triste, meditabundo. Habla poco y sin que nadie le pregunte manifiesta "salí a trabajar un rato, no quiero hacer nada, no es por flojera, es que estoy muy triste, me siento vacío, mi mundo se derrumbó... perdí a mi esposa".
Los colonos reaccionan sorprendidos, no sabían la noticia. "Tiene dos días, no pude enterrarla, la cremamos, hoy inician los rezos", dice el hombre al borde del llanto.
"Fue muy rápido, no nos dio tiempo de reaccionar, cuando la llevamos al doctor ya era demasiado tarde", dice el hombre sin dar más detalles.
De los tres hijos que tuvo, dos son varones y una mujer, su hija ya lo hizo abuelo, tiene una nieta. Alguien abusó de su inocencia. Los tres hijos tienen discapacidades permanentes.
Pero sus hijos son seres maravillosos, amables, sociables, alegres, a pesar de sus circunstancias adversas y del trabajo arduo que realizan, pero siempre se los ve sonrientes, saludando a las personas.
Pero esta vez solo uno lo acompaña y no habla, no sonríe, no saluda; también le ha afectado profundamente la pérdida de su madre.
El hombre cuenta que empezó recogiendo PET, era lo que más dejaba y había mucho PET por donde quiera, pero el precio bajó y luego empezó a buscar cartón. Ahora decidió probar suerte con el fierro viejo y el cobre.
El fierro viejo lo paga a 50 centavos el kilo, para ganarle 50 centavos, pero tienen que empujar el triciclo largas distancias hasta la recicladora más cercana.
Del archivo muerto no quiere saber nada; nunca compra libros ni revistas, ahora menos, pues la sola palabra la recuerda a su esposa y eso le abre la herida, le duele en gran manera.
Ella era la luz de la casa y ahora los dejó sumidos en la más abyecta oscuridad. Ojalá que el corazón fuera reciclable, dice el hombre, para pedir uno diferente, quizá de cobre, que no sienta dolor ni tristeza. Ojalá hubiera ojos de repuesto, pues ha llorado mucho y siente que ya no tiene lágrimas.
El hombre se despide de los colonos, les pregunta cuánto va a ser por el fierro viejo que le han dado, y ellos le contestan "nada, cómo cree usted; cuando guste venga por más".
El hombre se despide invitando a sus vecinos al rezo por el novenario de su esposa fallecida.



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